Desde tiempos milenarios, la luna ha sido objeto de fascinación para científicos y artistas, sin embargo, han sido las civilizaciones antiguas de nuestro mundo las que han tenido una conexión profunda y significativa al honrar a este satélite opaco y sin luz, en todas sus fases. La luna llena de mayo destaca como uno de los eventos astronómicos más relevantes para aquellos pueblos que utilizan su presencia en el cielo para seguir el calendario agrícola o pronosticar cambios climáticos antes del verano.

Fueron las tribus originarias de América del Norte quienes llamaron a la luna llena de mayo la Luna de Flores (Flower Moon en inglés), debido a la abundante floración primaveral que ocurre durante todo el mes, cuando los días se alargan y las temperaturas se suavizan.

Escultura de Allan Houser en el Museo de Arte de Albuquerque.

Escultura de Allan Houser en el Museo de Arte de Albuquerque.

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En particular, se atribuye comúnmente a los algonquinos, una tribu nativa del este de Canadá, esta bella designación, documentada por la tradición oral de América del Norte, incluyendo fuentes nativas, coloniales americanas y europeas, en The Old Farmer’s Almanac, un almanaque agrícola que se publica desde 1792 para ofrecer pronósticos meteorológicos, tablas de siembra y datos astronómicos, entre otros contenidos.

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Otra referencia similar se encuentra en el libro Travels Through the Interior Parts of North America in the Years 1766, 1767, 1768, escrito en el siglo XVIII por Jonathan Carver, uno de los primeros exploradores de América del Norte, quien vivió con los Naudowessie (Dakota) y otros pueblos nativos. Este libro de viajes, muy popular en su época, relata la expedición por la región de los Grandes Lagos y el valle del Mississippi del autor, quien menciona a la luna de mayo como el Mes de las Flores, ya que históricamente cada luna llena se asociaba con todo el mes lunar en el que ocurría.

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